martes, 31 de julio de 2012

Un retal más de Tierra de Sol


—Por favor, por favor... —la madre lloraba implorando piedad, tumbada sobre un cuerpecito dormido, protegiendo a su niño—. Piedad...
La mano le temblaba empuñando su Beretta plateada. Desde el momento en que cruzaron sus miradas
había sabido que no sería capaz de disparar. Una voz le gritaba que disparase, que tenían que huir de allí pero ella estaba plantada delante de la madre. El tiempo transcurría lento, le costaba respirar. El calor era insoportable, a pesar de estar entrada la noche. El fuego se extendía por la aldea. Los gritos formaban un coro desafinado y esperpéntico que acompañaba el sonido de su corazón, golpeándole en la sien. Tenía que moverse, hacer algo.
Alguien la empujó con violencia. La pistola se le disparó accidentalmente y alcanzó a la madre en el hombro. Ella se volvió hacia quien la había empujado, apuntándole con el arma, iracunda, pero se encontró cara a cara con unos ojos inyectados en sangre que disfrutaban del espectáculo. Unos ojos que vibraban emocionados y que, paradójicamente, desprendían la luz de la vida; no, no era el reflejo del fuego en sus pupilas... ¿Cómo era posible que el Ángel de la Muerte tuviese esa luz en la mirada?
El brazo del ángel no blandía una espada de fuego, como decían las Escrituras, sino una Remington 870 MCS especial de cañón corto concebida para la caza menor. La potencia del arma desmembraba en las distancias cortas. Y allí no estaban para cazar.
Presenció cómo el ángel elevaba la escopeta lentamente, tan despacio que, si hubiera reaccionado, podría haberlo impedido pero se encontró a sí misma clavada en el destello del fuego, anclada en el fondo de su ennegrecido corazón. Fue testigo de cómo disparaba una, dos, tres veces más sobre la madre, arrancándole el cerebro, el pulmón y el latido. El ángel dejó escapar una risa salvaje que contrastaba con su faz, delicada y hermosa.
El charco de sangre le bañaba los pies, sangre viscosa que se mezclaba con la tierra y formaba una masa sucia, barro al que ningún dios podría insuflar vida.
Con movimientos toscos, volteó el cuerpo muerto de la madre; sus ojos rasgados y negros estaban abiertos, mirándola de frente, atravesándola, quemándola. Se los cerró, pero eso no borró la mueca de pánico que se había quedado grabada en el rostro, al ver su vida y la de su pequeño arrebatadas violentamente.
El niño presentaba dos balazos, los que traspasaron a su madre y se detuvieron en la tierna carne del bebé; el de la cabeza, el que lo mató, correspondía al tiro que se le había escapado a ella hiriendo el hombro de la madre. Apretó los párpados con tenía ganas de vomitar. Ya era demasiado.
El llanto de la mujer resonaba en su cabeza como si estuviera hueca por dentro, el eco arañaba cada una de sus paredes internas y resurgía con más fuerza, ensordeciéndole la razón. Nunca olvidaría aquella cara ni aquellas lágrimas ni aquella voz.
—Mira su mano, estúpida. Te he salvado la vida —repuso el ángel endemoniado.
La mano de la madre sostenía aún una recortada cargada. Pero a ella no le importó porque esa mujer estaba en su derecho de matarla, estaba defendiendo lo que era suyo. No como ella. No como el ángel exterminador.
Deseó estar en el lugar de la madre, descansar de una vez, dormir el sueño eterno. Hacía tiempo que ella estaba muerta por dentro, vagando por el mundo como un zombi hambriento de vidas ajenas. Ya estaba cansada de todo. Deseó morir en paz.
Se volvió hacia el ángel que aún reía sosteniendo la escopeta. ¿Qué le impedía hacerlo? ¿Qué le impedía acabar con aquella risa diabólica? ¿O con su penosa existencia? Sin pensárselo más, cargó contra ella, con toda la animadversión de su alma, con toda la podredumbre de su corazón.

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