jueves, 26 de julio de 2012

Un retazo de Tierra de Sol, para ir abriendo boca


—Esto... lo he soñado tantas veces... ¿Por qué me dejaste, estúpida?
Su mano siguió deslizándose hacia abajo, buscó dentro del holgado pantalón de Sol que dejó escapar un suspiro entrecortado e intentó pegar su cadera a la de Hannigan. El agarre de sus opresores se suavizó aún más.
—Tú, así, como ahora, sucia... Me encanta cuando estás sucia... Sumisa. ¿Te hacen daño mis hombres? —llegó a la ingle de la chica—. Sé mía, Sol, sé mía una vez más —le pidió con agonía.
Obedeciendo a su instinto, Sol se acercó a ella con la boca entreabierta. Podía ver claramente la extrema excitación de la mujer y oía el latido acelerado de los hombres que la mantenían sujeta, aunque ya no tanto como para impedirle cierta libertad de movimiento. Buscó la boca ardiente que la recibió con urgencia. Sol se apartó un poco, provocando que fuera su oponente la que se acercara al beso y así disponer de una posición más cómoda. La americana respiraba pesadamente, cerró los párpados entregándose al pleno contacto del objeto de su deseo; los resecos labios de la morena, febriles, lastimados, sobre los suyos, jugosos, hambrientos. La obligó a abrirlos ayudándose con la lengua, queriendo comérsela. Pequeños gemidos incontenibles escaparon de su garganta e hincharon el deseo de los hombres, testigos mudos de la inusual escena. Ya casi no ejercían presión sobre los enrojecidos brazos de la presa, estaban por otras labores: la divina contemplación de dos mujeres haciendo el amor.
Sol recibió la lengua ávida y juguetona, sintió el impaciente recorrido por su boca, la exhaustiva exploración a la que la sometía; se concentró en aquel deslizante y preciso movimiento, en aquel baile exacerbado del hábil músculo. Entonces...

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