martes, 15 de marzo de 1988

Carne y mar


Un rostro transparente aparece en el cielo
impenetrable, sobre el mar, en la playa.
Sobre la arena, mi cuerpo acurrucado
recuerda una tarde de risas y dicha.
Juegos de niños en dos adolescentes:
"¡Corre que te pillo! ¡Vamos a saltar!"
y caíamos sobre la tierra húmeda, revolcándonos
junto al monótono rumor de las olas,
haciéndonos continuación carnal de ellas.
Ensimismados el uno con el otro,
yo me miraba en tus ojos mar,
tú te veías en mis ojos tierra.
La ligera brisa besaba nuestras formas
mientras las gaviotas comían a la orilla
del tul de nuestro temprano e inmaduro amor.
El juego infantil acabó en dulces, tiernas
caricias, suaves como la rubia arena.
Acabó en otra clase de juego, serio,
en donde cambian las reglas y la edad.
Dos personas, adultas ya, se encontraron
lado a lado, frente a frente, cara a cara,
labio a labio, uniéndose en un efusivo abrazo,
como el de la orilla seca con la orilla mojada
cuando una ola se acerca a ella 
y luego se escapa.
Pero nosotros permanecimos juntos sintiendo 
el calor de nuestros agitados corazones.
La humedad de nuestras torpes y nerviosas manos
nos hacía sonreír. Rostros sonrojados.
Todo se volvió rosa. Cerramos los ojos
dejándonos llevar  
por nuestro vaivén particular.
Párpados entornados.
Sol yacente que se desliza entre las nubes.
Ensueño, oscuridad rosácea.
El murmullo de las olas contra las rocas
cercanas,
el rozar de nuestros cuerpos sumergidos
en un océano de tierra,
nuestro contacto, el palpitar del fuego
de nuestra sangre y la ligera brisa 
de nuestra respiración formaron un acorde 
lleno de harmonía musical.
Hasta la más feliz de las sirenas 
y las ninfas acuáticas envidiaron
por su perfecta pre-composición natural.
Entonces los tapujos y las cadenas
que desde pequeños nos habían impuesto
se rompieron, desaparecieron fundidas
ante el calor que nuestras bocas desprendían,
cual dragón enamorado del gran Sol...
Después de soñar despiertos el Paraíso,
volvimos a nuestro Edén. Tú y yo, Adán y Eva.
Esos momentos sólo fueron pequeñas
explosiones involuntarias de lo que
sentíamos muy dentro.
No hacía falta que tú entrases
en mí y formásemos un cuerpo.
Esos cortos minutos fueron lo de menos.
La lava está siempre bullendo, constante,
incandescente, viva y aunque en apariencia
muerta, la montaña volcánica vibra
por dentro, incansable.
Así era nuestro amor.
Pero llegó ese día...
Tras la explosión, la lava
resbaló por las laderas del volcán
que éramos, arrasándolo todo.
Luego, la lava se enfrió, se endureció
acabando por ser una con la tierra.
De ésa, amarillenta y caliente aún
sobre la que ahora estoy, 
escuchando la voz de las perpetuas ondas,
mirando de tus ojos el cielo, 
viendo en él un cristalino destello, 
tu rostro, como si fuese otro sueño...
Otro sueño...
Nada ha cambiado aquí. La orilla seca aún reza
y sigue a la orilla mojada, su dios,
creando entre ambas blanca espuma 
que desaparece y vuelve a aparecer una vez, otra y otra...
Quizás porque todavía no se han conseguido,
continúa vivo su imperturbable y eterno amor.
                                                     14/3/88.

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