
El hallazgo de un ayer inolvidable
Hace unos días, navegando por YouTube, me topé por pura casualidad con un anuncio que rodé a finales de los años 90. Ver esas imágenes fue como abrir una cápsula del tiempo. En aquel entonces, mi vida era un torbellino de proyectos: trabajaba con directores de la talla de Bigas Luna, Jim McBride o Lluís Aller. Combinaba el cine con la publicidad y el teatro de cámara. Sentía, genuinamente, que me comía el mundo.
La trampa de la industria: cuando el arte te consume
Sin embargo, al reflexionar sobre esa etapa, me doy cuenta de una verdad incómoda: el mundo tiene siempre más hambre que nosotras. La industria artística no se limita a nutrirse de talento, sino que, en muchas ocasiones, termina fagocitándolo. Ser joven, estar sola y carecer de una red de apoyo es un peligro real. En ese estado, el riesgo de ser engullida por un sistema con rasgos casi psicopáticos —uno que te ve únicamente como un sueño desechable más— es constante.
Reconciliación y propósito
Al observar a aquella joven en pantalla, siento una mezcla de nostalgia y paz. Veo a esa persona que vive dentro de mí, asintiendo con serenidad y sonriendo con la complicidad de quien ha recorrido un largo camino. Ya no tengo aquella voracidad de mis veinte años, pero entiendo algo fundamental: cuidé su sueño. Y, al final del día, los sueños siguen siendo el alimento de mi alma.
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